Me hice poesía
No necesito entenderlo todo, y por eso me hago poesía. Me hago poesía para que el misterio no duela tanto, para que el caos tenga ritmo, me abro a la palabra hasta que ellas se hacen hogar en el centro del pecho. Y en un mundo que grita, mis palabra sussurran sus versos, dignifican sin bajar la mirada, abrazan con ternura hasta la mas cruel realidad. Yo, cansada de las injusticias, de ver crías con hambre y madres de todas las especies desesperanzadas me vuelvo poesía para no morir de tristeza. Habito los párrafos y camino entre letras sintiendo el pulso de cada emoción. Mi mente salta de sílaba en sílaba como el músico busca una nota musical sabiendo que la melodía no está al final, está en el tránsito sutil de una nota a otra de una letra a otra.
Y entonces escribo. Escribo porque hay dolores que no caben en el cuerpo, porque hay silencios que pesan más que las palabras y verdades que, dichas de frente, todavía no encuentran quién las sostenga.
Escribo para no acostumbrarme. Para que la crueldad no se vuelva paisaje, para que el hambre no sea una cifra, para que ningún niño se convierta en estadística ni ninguna madre tenga que aprender a dormir con el corazón hecho pedazos.
Escribo porque me niego a aceptar que la indiferencia sea una forma de vivir, que la injusticia sea el precio del mundo, que la ternura sea una debilidad en tiempos que confunden la fuerza con la dureza. Y si no puedo detener todas las guerras, si mis manos no alcanzan para reparar cada herida que la humanidad se inflige, al menos puedo ofrecerles palabras.
Pequeñas semillas de conciencia que quizás encuentren tierra en el corazón de alguien. Porque no creo que la poesía salve al mundo, pero acaso pueda salvarnos de dejar de sentirlo. Y eso ya es una forma de resistencia. Una manera de permanecer despiertos cuando todo invita a mirar hacia otro lado. De seguir siendo permeables, aunque duela. De no levantar murallas allí donde todavía puede crecer un jardín. Por eso me hago poesía. Para no endurecerme. Para no convertirme en aquello que rechazo. Para conservar intacta esa parte de mí que todavía se conmueve ante una flor, que se detiene frente al mar, que encuentra en una mirada desconocida la inmensidad de todo lo humano. Me hago poesía para recordar que no somos solamente lo que nos sucede, sino también aquello que hacemos con lo que nos sucede. Que podemos transformar la herida en conciencia, la pérdida en hondura, el desconcierto en una pregunta abierta hacia lo que todavía no conocemos. Y cuando ya no encuentro respuestas, cuando la razón agota sus caminos y el pensamiento gira sobre sí mismo, dejo que la palabra me conduzca hacia ese lugar anterior a las certezas, donde el alma no necesita demostrar nada, donde existir es suficiente y el misterio deja de ser una amenaza para convertirse en compañía.
Quizás por eso escribo: no para explicar la vida, sino para acercarme a ella sin arrancarle sus secretos. Para aprender a mirar sin querer poseer, a amar sin comprender del todo, a habitar la contradicción sin exigirle al universo que se decida por una sola verdad. Y así, letra a letra, voy regresando a mí. No a la mujer que tiene todas las respuestas, ni a la que ha aprendido a no quebrarse, sino a esa otra, más antigua y más libre, que todavía se permite sentirlo todo. La que sabe que hay belleza en lo imperfecto, sabiduría en la incertidumbre y una extraña forma de esperanza en el simple acto de seguir buscando. Porque al final, quizás no se trate de entenderlo todo. Quizás se trate de permanecer abiertas al asombro de estar vivas, de encontrar una melodía en medio del ruido, una pequeña luz en la devastación, un gesto de amor donde parecía no quedar nada. Y si algún día alguien encuentra mis palabras y siente que, por un instante, su soledad pesa menos, que su dolor tiene un nombre, que todavía hay un lugar en el mundo donde puede descansar sin defenderse, entonces habrá valido la pena. Porque yo, que nunca he sabido cómo explicarle la vida a mi corazón, he encontrado en la poesía una manera de escucharlo. Y mientras haya algo que me conmueva, algo que me indigne, algo que me haga amar este mundo incluso cuando no comprendo cómo puede ser tan lindo y tan cruel al mismo tiempo, seguiré haciéndome poesía. No para escapar de la realidad, sino para entrar en ella con los ojos abiertos, el corazón despierto y la ternura todavía intacta. Porque hay días en que vivir es demasiado vasto para comprenderlo, pero cabe, entero, en un verso.
Victoria Inaudi