Las Cartas del Estante
Un día, con manos temblorosas de tanto olvido, abrí el estante polvoriento donde dormían las cartas de amor que nadie más recordaba. Eran mías. Todas mías. No de otros labios, no de otras manos, sino mías, escritas sin saber que en cada palabra me amaba a mí misma, me tejía, me sostenía.
Amé, corrí detrás de soles ajenos, dejé mi piel en los altares de los otros, y nunca vi que la persona que más me amó era la que respiraba conmigo cuando no había atestiguantes, la que recogía mis pedazos sin exigirme forma, la que en los silencios me esperaba sin juicio.
Hoy, rescato esas cartas de su exilio, leo con ternura cada línea, y me reconozco, fui yo. Siempre fui yo.
La llama que nunca se apagó, la presencia que jamás me abandonó, la mirada que me amó incluso en los olvidos. Y en este deleite de existir, de habitar mi propia vida, me abrazo. Me escribo de nuevo. Me amo. Me creo.
¡Y ahora sé! Devolveré mi corazón a él mismo, a su casa primera, al templo donde nació intacto, antes de las heridas, antes de las huidas, antes de los amores sin espejo.
Volveré a enamorarme de mí. No en un gesto de vanidad, sino en el acto profundo de quien ha viajado hasta el abismo y regresa, por fin, con las manos llenas de sí.
Me miraré con los ojos que un día reservé para otros, me hablaré con la dulzura que tantas veces prodigué y mendigué, me tomaré de la mano en mis soledades, me bailaré en los días claros y me sostendré en las tormentas.
Devolveré mi corazón a su pecho, donde siempre debió latir entero. Y allí, en el reencuentro, me sabré milagro.