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Victoria Inaudi
Todos los poemas

El Rancho Belén

Belén es y será siempre un rancho de piedra en el alma de las sierras cordobesas.

Muros firmes, como aquel abrazo que me sostuvo de niña, cuando todavía no sabía que los lugares también aman, que hay casas que nos habitan mucho después de haberlas dejado.

Allí, el arroyo cantaba sus secretos bajo la mirada antigua de los cerros, entre sauces que rozaban el agua y espinillos que perfumaban el aire. La tierra hablaba en voz baja y yo, sin saberlo, aprendía el idioma de mis raíces.

Las noches de Belén eran un manto sagrado. La Vía Láctea tendía sus brazos sobre las sierras y el cielo, encendido de estrellas, parecía más vivo que el día. Bajo aquella inmensidad éramos tan pequeños y, al mismo tiempo, tan parte de lo eterno.

—¡Quiero retruco!—

Y la galería estallaba de vida. Las cartas llevaban las marcas del tiempo, las manos, la memoria de tantas partidas, y las voces se cruzaban como caminos que siempre vuelven a encontrarse.

Se entreveraban las charlas, los gritos, los chistes, los brindis y las risas. La parrilla ardía con sus eternas cenizas, siempre dispuesta a encender otra fiesta. Y entre un ¡aro, aro, aro! y otro, el bombo y la guitarra iban desatando canciones que nadie había planeado y que terminaban, tantas veces, en lágrimas de alegría.

Afuera, la noche. Adentro, la familia. Y en el medio, esa forma tan nuestra de celebrar la vida sin necesitar nada más que estar juntos.

Porque Belén nunca fue solamente una casa. Era el abuelo, los tíos, los primos, mis hermanos. Era el ruido de muchas generaciones haciendo de una misma mesa un pequeño universo.

Era la raíz hundida en la tierra antigua, el refugio al que volvía mi corazón cuando el mundo dolía. Un lugar donde siempre había sitio, donde el tiempo parecía aflojar su paso y la vida, por un instante, dejaba de pedirnos tanto.

Hoy la piedra sigue ahí, firme y generosa, dando amparo a otras vidas, guardando entre sus muros la promesa de nuevos recuerdos.

Y aunque otras voces llenen sus habitaciones, aunque otras manos enciendan el fuego, hay algo de mí que permanece allí, como permanece el musgo entre las piedras, como el rumor del agua que nunca termina de irse.

Porque Belén vive intacta en mi pecho: rancho querido, hogar de infancia, templo de estrellas.

Vive en el perfume de la peperina, en el sabor silvestre del piquillín, en el arroyo crecido después de la tormenta, en el crujido de la tierra mojada, en el galope de un caballo y en el bombo que todavía resuena en algún rincón de mi memoria.

Vive en la guitarra que convoca, en las voces que se elevan, en el abrazo que no pregunta, en la risa que nos devuelve a quienes fuimos.

Y cuando cierro los ojos, vuelvo.

Vuelvo a las sierras, a las noches infinitas, a la galería encendida, a las cartas sobre la mesa, a los míos, a esa felicidad sencilla que entonces parecía cotidiana y hoy comprendo sagrada.

Quizás por eso hay lugares que nunca dejamos del todo. Porque no son solamente tierra, piedra, agua o cielo: son el abrazo de quienes nos amaron, la infancia que todavía nos respira, la parte de nosotros que el tiempo no pudo llevarse.

Las sierras de Córdoba serán siempre eso: un pedazo de mundo donde mi alma sabe regresar.

Allí, entre el arroyo y las estrellas, entre el perfume de las sierras , el vuelo del cóndor y el eco lejano de una guitarra, el tiempo se vuelve lento, la memoria encuentra cobijo y el corazón, por fin, descansa.

*Belén: el lugar donde aprendí que hay amores que no se van. Se quedan en la piedra, en la tierra, en la sangre.

Y para siempre, en el alma.*

Victoria Inaudi Enero 2025

Victoria Inaudi