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Victoria Inaudi
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Amores satelite

Llegan. Se acercan como lunas curiosas, orbitando mi marea, bebiendo el reflejo de mi luz sin atreverse a entrar en la noche entera que me habita. Me contemplan desde la orilla, fascinados por la inmensidad, pero temerosos de ese instante en que el agua deja de ser paisaje y se convierte en profundidad. Dicen que me quieren. Pero aman fragmentos: la risa que los enciende, la piel que los convoca, la palabra que los desnuda, el alma que los eleva. Aman la luz que encuentran en mí, pero no siempre están dispuestos a conocer la sombra que la sostiene. Olvidan que también soy tormenta, silencio, corrientes subterráneas, mareas que cambian sin pedir permiso. Y así permanecen, girando a mi alrededor, atraídos por mi gravedad, lo bastante cerca para sentir mi calor, lo bastante lejos para no naufragar. No tocan fondo. No echan ancla. No se entregan al misterio de dejar de ser espectadores. Y no, yo no mendigo amor. Nunca he extendido las manos vacías para recoger las migajas de una presencia, ni he confundido la órbita con el encuentro, ni la fascinación con la entrega. Sé que mi océano no se bebe en sorbos, que no se conoce el mar mojándose apenas los pies, que hay profundidades que solo se revelan a quien se atreve a descender sin pretender dominarlas. No quiero lunas que me rodeen ni astros que se alimenten de mi luz mientras preservan intacta su distancia. Quiero a quien se acerque sin la pretensión de salvarme, a quien no confunda mi intensidad con peligro ni mi libertad con ausencia de amor. A quien comprenda que habitar un océano no significa poseerlo, sino aprender sus lenguajes, respetar sus corrientes, reconocer sus silencios y permanecer cuando el agua deja de ser calma. Porque mi profundidad no es una prueba, ni mi tormenta una amenaza. Son también parte de mi belleza, de esa naturaleza indómita que no pienso traicionar para volverme más fácil de amar. Y mientras tanto, seguiré siendo mar. Con mis mareas y mis naufragios, mis aguas transparentes y mis abismos sin nombre. Con la luna reflejada en mi piel y la noche latiendo en mis entrañas. No esperaré a quien se atreva a mirarme, sino a quien, después de contemplarme, comprenda que el amor no sucede alrededor de alguien, sino en el encuentro verdadero con todo lo que ese alguien es. Y si alguna vez llega, no necesitará prometerme el infinito. Bastará con que deje de orbitar, se acerque sin armaduras y se siente conmigo frente al mar. Que no venga a iluminarme: ya conozco mi luz. Que no venga a domesticarme: he aprendido a navegar mis propias aguas. Que venga, simplemente, con la valentía de quien no busca un lugar donde refugiarse, sino un mundo que conocer. Y entonces sabré que no ha venido a girar alrededor de mi vida, sino a encontrarse conmigo en el centro de la suya. Porque yo no nací para ser el satélite de ningún amor, ni para convertir mi océano en una orilla donde otros descansen antes de volver a partir. Nací para ser mar. Y quien quiera amarme tendrá que comprender que la inmensidad no se contempla desde lejos, se encuentra, se respeta y, si el alma lo elige, se navega de a dos.

Victoria Inaudi